El problema de los tres cuerpos, que es la serie más vista en este momento en Netflix, es una adaptación de una novela del autor chino Cixin Liu, obra escrita en 2006 que después de su traducción al inglés el 2016 arrasó en Occidente con los premios más importantes del género Sci-Fi. Cixin Liu es un autor prolífico con millones de lectores en China, es un ingeniero que ha llevado al género a nuevas alturas.
Alfa Centauri es el sistema solar más cercano a la Tierra a solo 4,1 años luz de distancia. Está compuesto por tres estrellas articuladas gravitacionalmente y en torno a ellas se han detectado al menos dos planetas, uno de ellos con una masa similar al nuestro. El sistema sufre el problema de los tres cuerpos, un dilema gravitatorio que está destinado al caos.
La gran ciencia ficción consiste en adelantar escenarios tecnológicos y enfrentarlos a la condición humana. O puede ser también a la inversa, impulsarnos con las nuevas tecnologías junto a nuestros atavismos históricos y antropológicos. Cómo integramos las nuevas tecnologías cuando todavía tenemos prácticas del neolítico. Cixin Liu nos asoma a múltiples de estos problemas y paradojas, pero hay algunos más intensos que otros. Uno es este, la velocidad de nuestra evolución tecnológica, otro es la certeza de la amenaza terminal. En el problema de los tres cuerpos nuestro horizonte final está confirmado por el conocimiento del viaje de una civilización extraterrestre que en 400 años llegará a conquistar la Tierra. Una información que abre un espacio temporal futuro acotado para preparar a la humanidad para la batalla.
Qué batalla. El desarrollo tecnológico en la defensa de la especie. Pero qué más. Qué defendemos cuando nuestro destino natural como especie ha sido el enfrentamiento, la dominación y el sufrimiento. ¿Hay una diferencia entre la exterminación de la especie humana por extraterrestres que por nosotros mismos en algo así como el suicidio global que también tiene fecha? Cixin Liu gira en torno a estos problemas y muchos otros. Es esta la fascinación de la buena ciencia ficción, capaz de conducir a nuevas intensidades y escenarios nuestros permanentes y endémicos dilemas.
Ha sido una oportunidad de poco más de 350 mil años que el Homo Sapiens no supo o no pudo comprender. Algo le llevó a este oscuro destino, algo percibido desde las primeras escrituras y mitologías. La sombra del mal no sólo como presencia sino como destino. ¿Es este el sentido último que tenemos como especie? Tal vez una programación no sólo para nuestra propia destrucción sino de toda la vida planetaria. O también y por qué no: la etapa final de una secuencia evolutiva de millones de años que ha tenido el descubrimiento de la tecnología como herramienta de exterminio, propio y planetario.
Hemos mirado al cielo desde nuestros orígenes. Una visión que ha sido festiva pero también aterradora y que vuelve como intriga amplificada. Cada avance en nuestra visión aumenta nuestras dudas y especulaciones. Aquello que era una certeza es hoy una conjetura. Desde Galileo al observatorio James Webb cada pequeña verdad es reemplazada por una nueva duda.
Nunca en la historia del Homo Sapiens el territorio estuvo tan degradado y nunca el cielo ha estado tan cercano. Una visión que esconde hoy la única posibilidad de emancipación. Es la elevación, el horizonte de escape, el nuevo destino de la especie no en las estrellas aunque sí en nuestro vecindario.
Los principales proyectos espaciales apuntan a Marte y podría llegar una primera misión de humanos alrededor del 2040 según la NASA. ¿Un viaje, una colonización para escapar de nuestro fatal destino? Un problema que Ray Bradbury planteó en Crónicas Marcianas en 1950, el que sigue tan vigente como núcleo conductor de la malograda humanidad. Tiene sentido llevar atavismos como el colonialismo, la depredación ambiental o el racismo más allá de la Tierra.
Paul Walder

